"Es de creer que las pasiones dictaron los primeros gestos y que arrancaron las primeras voces..."
Jean-Jacques Rousseau
Ronda la palabra obsesión. Muta en manía. Yo le doy otro empujoncito y digo que puede ser obstinación. Pero no, sigue teniendo ese matiz negativo. Mejor intento con empeño. Me gusta más, sí. De cualquier forma, sostengo que todavía no me identifico. Los más cercanos, aquellos que realmente se han dado a la tarea de entenderme, de dejarse entrar en mí, dicen que es tenacidad, ánimo, perseverancia. Me sonrojo, me halaga. Sigo pensando que hay algo más dando vueltas. A ciertas personas pareciera comerles el coco, los agota, los endeuda con ellos mismos el verme así, tan vehemente. Y me río, ¿qué se supone que haga?
Me parece que encuentro la palabra correcta en pasión. Así sí.
Pasión: apetito.
Si no, cómo explico que, estando en receso de verano, me levanto a las seis y media de la mañana junto con Álvaro (él va a trabajar, supongamos que está más justificada su madrugada), preparo el mate y, luego de su partida al trabajo, me siento en el balcón a matear y leer. Enfrascada en el libro me paso las mañanas enteras hasta que empieza a apretar el calor.
Anoche, hablando con una hermana del alma por teléfono le comento que estoy leyendo una novela de Juan Domingo Perón, escrita por Tomás Eloy Martínez, cuando, de repente, se me cae la siguiente frase: "sí, lo que más me gusta es que me tiene estudiando constantemente, nombres, fechas."
Recuperemos la siguiente información: estoy de vacaciones y leyendo un libro que me tiene estudiando y éso me fascina. Punto.
Otra anécdota. Di comienzo a la preparación de finales poco más de un mes antes de las fechas. Mi casa, entre el calor y la desolación era un camposanto. ¿Tentaciones?: Mate, plaza, río, bar, peñas, televisión. Mil cosas. Sin embargo, no, firme como rulo de estatua, contra la incomprensión de muchos, a pesar de todo, seguí. Ventiladores en estéreo, toalla húmeda alrededor del cuello, persianas entornadas.
Pasión.
¿No se entiende? A ver... me gusta estudiar, sí. ¿Y qué? Me la paso leyendo en vez de estar haciendo macramé (que, por otro lado, qué tarea más baladí), porque me apasiona. No me gustan las medias tintas, no me conformo con el punto medio, detesto pasar raspando.
Digo, por qué me voy a hacer la "cool" que con un cuatro o un siete se queda satisfecha, si no es así. Nunca fui así, no soy así ahora tampoco. La diferencia con otros tantos es que no lloro si no me va bien, no culpo a la "mala suerte", me hago cargo y sigo intentando. ¿Por qué tanta historia?
(Supongo que las metáforas agrarias de la semilla y el cliché "no nací de un repollo" le van a este rollo como anillo al dedo.)
Ñoño/a es una palabra pelotuda y me molesta. Otra más de las etiquetas estériles que se suelen asignar. Yo, en cambio, en esa asignación me permito preguntarme qué espejo, o qué imagen, mejor, les está devolviendo el espejo a los que encasillan y clasifican para sentir la urgencia de alejarse con sorna.
Ñoño significa pusilánime, melindroso, quejumbroso; una persona sumamente apocada y de corto ingenio. Otro feliz ejemplo de las palabras que usamos sin saber bien qué significan. Nada, anecdótico. El hecho es que si hay algo que no soy es éso.
Lo mismo con la danza, lo mismo con la música y con el amor. Todo o nada es un objetivo que no me atasca, no me deja ciega. Es éso, un fin en sí mismo. Evadir o hacerme la distraída sería una torpeza, está en mi esencia buscar lo absoluto en cada cosa que me inflama, que me arrebata. Sin embargo, no me escandalizo si me quedo a mitad de camino, ya llegaré.
Supongo que el fin y comienzo de año nos pone a todos, en menor o mayor medida, algo reflexivos, yo celebro éso. Pasar la vida por el tamiz de la reflexión, claro, pero sin olvidar el torrente de sentimientos que nos atraviesan y que tienen tanto o más peso que nuestro entendimiento.